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Testimonio Cristina | 27 años

Hace siete meses Cristina Galdón se marchó con Mundus a Mugla, al oeste de Turquía, a realizar un SVE en un centro juvenil. Ahora, pasado el ecuador de una experiencia que se prolongará hasta los 12 meses, hace balance. ¡Parece que estabais, Cristina y Turquía, hechas la una para la otra!


Mi pasión turca

La velocidad del tiempo en Turquía es feroz. Cierro los ojos y recuerdo cuando llegué hace ya siete meses. Dos maletas, dos aviones, incertidumbre y felicidad. Estoy viendo como estos siete meses han parecido uno. Estoy viendo cómo nazco cada día, cómo me pierdo y me encuentro, cómo estoy madurando.

Mucha gente de mi entorno piensa que soy una valiente, pero sinceramente esta etapa tiene otro significado para mí: son ganas para realizar retos con el miedo siempre cogido de la mano.

Ya no hablo un idioma específico, soy capaz de mezclar español, inglés y turco (esto dos con mi andaluz característico). Siempre llena de preguntas sobre esta cultura que me fascina. He probado infinidad de comida turca, letona y alemana. No puedo empezar el día sin Khavalti y deseo aprender a preparar Cig kofte y Baklava (complicado, pero nada imposible).

Me he enamorado del cielo turco, de sus mezquitas, de la generosidad de la gente y de sus cinco Namás al día, el sonido de Turquía. Me fascina ir por la calle y que los perros se acerquen, quieran que los acaricies y te acompañen a pasear.

He visto la única ciudad del mundo entre dos continentes, he visto el atardecer en Asia viendo Europa y he subido a una torre para pedir un deseo. Me colé en un rezo en una mezquita perdida y me contagié de la espiritualidad de sus gentes. Me perdí por las calles de Estambul en mitad de la noche para encontrarme con una muralla.

El auto-stop se ha convertido en mi medio de transporte con infinidad de historias divertidas. Y gracias a él ya conozco la parte oeste de Turquía. He conocido a gente extraordinaria, a mi familia EVS. Y lo más importante que se cruzó en mi camino fue Cristina, mi compañera de aventuras y por la que no importa las dos horas que nos separan. Mi huracán de Cartagena y con la que he compartido risas, locuras, viajes y preocupaciones, continuando cuando regresemos a España.

Estoy siendo feliz, estoy riendo, estoy llorando, aprendiendo, cayendo y levantando. Pero, sobre todo, sigo enamorada de lo habibi y con cinco meses por delante que seguirán siendo una vida.