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Así fue “On the Road to Tolerance”, intercambio Erasmus+ en Zakopane

Así fue “On the Road to Tolerance”, intercambio Erasmus+ en Zakopane

20 de febrero. 4:40 de la madrugada. Acabo de llegar a Varsovia desde Berlín. Después de doce horas durmiendo en un autobús cálido y acogedor, bajo en territorio polaco y… me pelo de frío. El suelo está cubierto por ese tipo de nieve medio derretida que se amalgama con el barro formando una mezcla que, además de asquerosa, dificulta el avance. Para acabarlo de arreglar, el autobús ha llegado veinte minutos antes a la parada por lo que el metro (que abre a las cinco de la madrugada) está cerrado. Estamos a -7 grados y hace viento. Es en estos momentos cuando uno se plantea que la falta de puntualidad española no es tan mala. Acto seguido, recitas en tu cabeza varias maldiciones hacia el conductor alemán o polaco (¡A quién le importa de dónde es ese majadero!) por haber llegado demasiado pronto y por haber tenido el sadismo de encender al máximo la calefacción para que ahora el choque térmico sea mayor. Mis maldiciones son interrumpidas por otra frase que aparece con insistencia en mi cabeza:

¿Cómo diablos me he metido de nuevo en esto?

Es entonces cuando recuerdo que voy a participar en un Youth Exchange en Polonia. Recuerdo también que el resto del equipo de españoles que participarán en el Youth Exchange vienen desde Barcelona a Varsovia directamente. Nueva tanda de maldiciones para esos malditos que ahora estarán roncando a pierna suelta mientras yo anhelo que el encargado de abrir la estación del metro comulgue con la famosa puntualidad europea.

4:50 El metro abre. ¡Viva Polonia! ¡Viva Varsovia! ¡Y sobre todo viva el señor polaco que ha abierto la puerta del metro!

Cuando nos reunamos todos tendremos toda la tarde para estar en Varsovia mientras esperamos que nuestro autobús salga hacia nuestro destino final: Zakopane. Un pequeño pueblo al sur de Polonia donde los locales conviven con los turistas. Una especie de Benidorm pero a la polaca. Y nosotros, junto a jóvenes de Rumanía, Polonia e Italia vamos allí con una intención muy distinta: durante una semana profundizaremos sobre el concepto de la tolerancia y comprobaremos si la influencia del turismo en Zakopane la ha hecho una ciudad con unos habitantes más tolerantes.

Pero antes de eso, tengo (tenemos) que sobrevivir a Varsovia.

Poco a poco nos vamos reuniendo todos en la estación de Centralna. Daniel, uno de los miembros del equipo, tiene a una amiga que vive aquí y que se ofrece a enseñarnos un poco la ciudad. Pero primero vamos a comer. Nueve personas. Ocho españoles y una polaca. Así que vamos a un restaurante y empieza la batalla campal para descubrir no ya qué queremos comer si no qué es lo que se puede elegir porque no entendemos el polaco. ¿Recordáis que éramos nueve? Pues por motivos que aún no están claros (y que me temo que nunca lo estarán) acabamos pidiendo trece sopas. No sabemos cómo, no sabemos cuándo. Sólo sabemos lo que vemos. Y lo que vemos es al demente del camarero trayendo sopa y más sopa. Teniendo en cuenta que el mesero infernal únicamente sabe hablar polaco, decidimos no discutir mucho. Al fin y al cabo, es la sopa más barata y hace frío fuera.

Seguimos visitando Varsovia y la visitamos tanto que al final acabamos corriendo para coger el autobús que nos llevará a Zakopane. Ese estrés en el metro, ese descubrimiento de que los diez minutos que avanzaste tu reloj cuando os juntásteis todos (y que convenientemente olvidaste que habías hecho) para “ir con tiempo” no han servido para nada, ese sprint alocado a la salida del metro, esa maldita nieve/barro que lo único que hace es frenarte, esas paradas súper rápidas para preguntar a los polacos dónde está la dichosa estación de autobuses de Mlociny… pero llegamos. Porque siempre llegamos a tiempo. O al menos casi siempre. O al menos casi todos. Pero dejaremos eso para más adelante. De momento, estamos todos en el autobús.

21 de febrero. 7:00 de la mañana.

Finalmente llegamos a la estación de autobuses de Zakopane. La hora de entrada al hostal es a las nueve. Así que nos quedamos esperando dos horitas alegremente. Dentro de la estación de autobuses. Calentitos. Miramos los autobuses locales. Tenemos uno que sale a las 8:40 y se tardan unos quince o veinte minutos en llegar. Genial. Los españoles llegaremos con puntualidad alemana. Todos habíamos cambiado dinero en Varsovia. Teníamos dinero del país. Teníamos la parada a dos metros de nosotros constantemente vigilada. Teníamos los movimientos del conductor controlados. Teníamos los relojes sincronizados…

Teníamos billetes y la máquina sólo aceptaba monedas.

¿Y cuándo lo descubrimos? Cuando estamos dentro del autobús. ¿Y por qué sólo en ese momento? Porque el billete sólo se puede comprar dentro del autobús. ¿Qué hacemos? Vamos bajando a toda pastilla del autobús a comprar cualquier tontería en el colmado de al lado para que nos den el cambio en monedas. Recordáis aquello de “Porque siempre llegamos a tiempo. O al menos casi siempre. O al menos casi todos.” Pues bien, no todos llegaron a tiempo. Yo estaba de nuevo tranquilo pensando en qué parada debía bajarme cuando de repente escucho los gritos de mis compañeros “¡Dani se ha quedado fuera! ¡Dile al conductor que pare!”. ¿Decirle al conductor qué pare? Sí, claro. Primero que me oiga porque está en una cabina aislado, segundo que me entienda porque sólo habla polaco y tercero que me quiera hacer el favor. Así que dije lo que me pareció más razonable:

–No os preocupéis. Cogerá el próximo autobús y ya está. Pasan cada viente minutos…

–¡Está corriendo detrás del autobús!

Por lo visto, fue un error de cálculo aplicar el pensamiento racional en esa situación. Y dado que nuestro veloz perseguidor no era capaz de alcanzarnos (a día de hoy todavía jura y perjura que hubiera sido capaz y esgrime alguna razón peregrina) y que yo contemplaba la posibilidad de que se pegara un guarrazo impresionante en la nieve (y tener que venir a buscarlo de nuevo) hice lo segundo que una persona racional puede hacer: pasar del modo racional al modo imperativo.

– Envíale un mensaje y dile que pare de correr y que coja el siguiente bus, leñe.

Pero llegamos. Porque al final siempre se llega. Y de la misma manera que nosotros fuimos llegando, también fueron llegando los demás participantes de otros países.

A menudo, se tiene la idea de que resulta difícil cohesionar un grupo de muchas personas. Y que es aún más difícil cohesionarlo cuando sus integrantes pertenecen a diferentes nacionalidades. Y es que a menudo se tienen ideas superficiales. Porque lo necesario para que surja la cohesión es el compartir un interés común.

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Para algunos de nosotros la participación en este proyecto fue un acicate para tomar conciencia de que sabemos más inglés del que pensamos al ser ésta la lengua de trabajo. También nos acostumbramos a ser capaces de hablar delante de un público, expresar nuestras ideas de manera más o menos ordenada.

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Realizamos una serie de juegos de rol para ponernos en la piel de los demás. Eso nos ayudó a tomar conciencia de cuáles son las necesidades de otra persona. Hicimos un pequeño teatrillo sobre cómo nos ven (¡y cómo vemos!) las personas de diferentes nacionalidades. De la misma manera, hablamos sobre cómo reaccionamos ante estos estereotipos y cómo podemos erradicarlos porque a menudo los estereotipos son el caldo de cultivo de los prejuicios y de la intolerancia.

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Hicimos un experimento social al más puro estilo Diseña tu propio planeta que fue útil para entender cómo pueden chocar las diferentes necesidades entre los miembros de una comunidad y cómo se pueden llegar a acuerdos para solventarlos. Pero sin duda, la parte más importante fue el contacto directo con la población local. Una de las actividades que llevamos a cabo fue la realización de un pequeño test para comprobar el nivel de salud de la tolerancia en la población. Además fue muy interesante porque con algunas personas llegamos a entablar verdaderas conversaciones y se interesaron por nuestro proyecto.

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Pero sin duda lo que no se puede explicar es la cantidad de lazos que se establecen y cuánto puede llegar a enriquecer una experiencia como ésta. Y voy cerrando ya… que tengo que correr para coger el autobús porque, como dice la DGT, “lo importante es volver”.

¿Volver a casa? ¿Volver a hacerlo?

Eso ya…

 

 




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